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Allí está Jesús entrando a Jerusalén. Él ya sabía que estaban tramando su muerte e ir a Jerusalén era bien peligroso. Pero Jesús entra a Jerusalén y en un gesto precioso y radical, da la vida y derrama hasta la última gota de sangre por nosotros.

Entre los judíos prevalecía la mentalidad no evangélica del triunfo, del éxito y esperaban al Mesías con un gran ejército que daría una lección a los romanos, convirtiendo a Jerusalén en la capital del mundo. La mentalidad no evangélica que se había filtrado en el Antiguo Testamento consistía en que si Dios estaba con ellos, vencerían siempre a cualquier pueblo y todos serían sometidos a Jerusalén. En cambio, esa no es la mentalidad del Señor. Para Cristo el éxito consiste en dar la vida, en sacrificarse por los demás. Aunque nosotros aún creemos que si Dios está con nosotros todo nos debe salir bien y ser siempre exitosos. Esto no es cierto, no porque se esté cerca del Señor todo va a salir bien humanamente, no es eso lo que el evangelio dice. El evangelio mas bien manifiesta que el éxito, la realización total se da llevando la cruz, sirviendo al prójimo y dando la vida por los demás. Ése es el auténtico logro, la plenitud total, cuando todos los dones y carismas que el Señor nos ha dado se vuelcan en una meta preciosa, maravillosa y noble, en algo realmente honesto, bueno, positivo y santo y nos entregamos allí llevando nuestras cruces y muriendo en el calvario. Ése es el éxito del evangelio.

Cristo no acepta usar la violencia para que se practique la justicia. Sí, es verdad que en una ocasión sacó el látigo y expulsó a los mercaderes del templo, pero fue para corregir, no para aniquilar; porque en ese caso hubiera sacado una espada y matado a los mercaderes. Él sacó un látigo, igual que de pequeños papá o mamá nos dieron de vez en cuando y merecidamente un buen correazo para corregirnos, para que cambiáramos nuestra conducta. Cristo no acepta la violencia, no predica la violencia y no usa la violencia.

Jesús entra a Jerusalén encima de un burrito. ¡Qué decepción para algunos y qué sorpresa para otros! Pero también, ¡qué alegría para los que son hombres y mujeres sencillos y de buena voluntad! Ponen los mantos y las palmas en el suelo y cuando Él entra a la ciudad dicen: Hosanna, hosanna, bendito el que viene en el nombre del Señor. Lo reciben los pobres, los humildes, los sencillos. Los ricos, los poderosos dicen: Oh, qué idiota ése, mira cómo viene, qué ridículo en un burrito y si cree que así va a salvar a Israel, está loco completamente.

Y entra Jesús, manso y sumiso, con sus sandalias viejas, su manto y su túnica, encima del burrito a Jerusalén, para salvarnos de la muerte eterna. ¡Qué linda imagen de paz, de reconciliación! Apacible, humilde, sencillo, así era Jesús. San Pablo dice que nosotros tenemos que imitar los sentimientos de Cristo que siendo Dios se despojó de su rango, se hizo hombre, uno de tantos, sin dejar de ser Dios.

El que es cristiano anda encima de un burrito, sencillo y humilde, demostrando que es hijo de un Dios que es bueno y pacífico, no violento; que vive en armonía con los demás, no agresivo; que vive amando al prójimo, no atacándolo, explotándolo ni humillándolo; que respeta al prójimo, porque en el prójimo está Jesús. El que es cristiano vive, anda encima de un burrito y no encima de aquel caballo brioso de la soberbia y el orgullo. Imitemos a Jesús, subámonos al burrito, porque Él es amor y con Él somos ¡INVENCIBLES!